El Monumento

En la plaza del pueblo había una estatua que nadie sabía de quién era.

Estaba en un pedestal de cemento y mostraba a un personaje vestido como un general, con la espada en alto y montado a caballo.

Toda la vida había estado ahí, petrificado y adornado por innumerables regalitos de paloma, pero sin nombre, la llamaban la estatua del general anónimo, era parte del paisaje pueblerino y nadie cuestionaba su origen ni sus hazañas.

El jinete era punto de referencia para encuentros y citas de enamorados; para marca de llegada en carreras de bicicletas; para ocultarse en las escondidas, hasta para la mancha monumento.

Una noche hubo una tormenta muy fuerte, con truenos y viento, y un rayo sobre la estatua del anónimo le voló la cabeza.

El pobre desconocido quedó más ignoto que nunca, sin nombre y decapitado. A la mañana cuando todos vieron semejante estropicio sintieron que se les había ido un pedazo de historia; algunos querían demoler el monumento, otros proponían contratar un artista para que reconstruyera al personaje, aunque sería un poco costoso, y no sabían qué cara ponerle porque seguían sin saber quién era el valeroso general.

A Lautaro, de 10 años, se le ocurrió una idea, harían una votación y cada uno escribiría en un papelito el nombre que quería que tuviera el prócer, después, ya con el nombre, tal vez se les ocurriría cómo sería la cara.

Todos estuvieron de acuerdo, y el domingo a la mañana la gente se congregó en la plaza; los del club armaron una urna con una caja forrada de verde que tenía una ranura para los votos, como corresponde.

Uno a uno, grandes y chicos fueron poniendo su voto con la ilusión de que fuera el elegido, y para el mediodía el representante comunal ya tenía los resultados volcados en una planilla.

El anónimo al fin tendría nombre, y después, cara.

El más votado fue “Don Salvador”, el viejo titiritero y mago del pueblo, que había partido hacía unos meses y que había entretenido y alegrado las vidas de por lo menos tres generaciones, con historias de caballeros, princesas y animales fantásticos, Y así fue, el prócer pasó a llamarse de ese modo y tendría la cara del querido mago que le había arrancado sonrisas, lágrimas y aplausos a mucha gente del pueblo.

Cuando el trabajo estuvo terminado, después de unos meses, la estatua ya no tenía una espada en la mano sino una marioneta; y en medio de una gran celebración, el pueblo, que se llamaba Los Cardos, pasó a llamarse Don Salvador. El día de su inauguración, todos los chicos del pueblo llevaban un títere en sus manos para saludar a su héroe.

Por Diana Nora La SalaEscritora

Actriz, Cantante y artesana en distintos estilos











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1 pensamiento sobre “El Monumento

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